Cierto día, de súbito, mientras acariciaba a su gato, la mujer sintió el deseo de acceder a la Luz de Ra, de modo que se puso en camino. Necesitaba encontrar a un maestro que quisiera iniciarla en los misterios de la vida y la muerte.
Cuando, tras una búsqueda ardua, alguien le presentó al maestro, este le dijo:
-Si deseas recibir la Luz de Ra, si deseas ser una “Iluminada”, debes limitarte, simplemente, a vivir el tiempo presente. Entonces serás capaz de olvidar el pasado. Dejarás, también, de temer al futuro. Sentirás, en ese momento, que para quien busca la Luz solo existe el ahora. Sabrás que nada del pasado y del futuro es real y a nada temerás. Será entonces, cuando solo vivas el tiempo presente, cuando gracias a la meditación, si Ra te concede ese don, habrá de llegarte la Iluminación.
-Sin duda –prosiguió el maestro- esta será una tarea difícil. Debes ser consciente desde ahora de que en una sola vida quizás no seas capaz de conseguir tu objetivo… Si así sucede, cuando te llegue la muerte y tu alma tenga que volver a encarnarse en la materia, debes recordar lo que te estoy diciendo. Solo recordando podrás, algún día, acceder a la Luz. Cuando eso suceda, a partir de entonces, tu espíritu habrá vencido a la materia y lograrás, al fin, eludir la rueda de las reencarnaciones. Entonces, sentirás que Ra está cerca de tu alma.
-Hace mucho tiempo, un hombre sabio lo dejó escrito –terminó diciendo el maestro-:
“Vivir en la Luz consiste en no pensar en nada.
Una vez lo comprendes, estar de pie, sentarse o estar tumbado,
todo lo que haces es Luz.
Comprender que la mente está vacía es ver a Ra.”
Durante toda su vida, la mujer se esforzó por hacer lo que el maestro le había explicado, pero siempre sintió que no era capaz de acceder a la Luz. Para ella, el pasado y el futuro seguían existiendo. Siempre fue consciente de que a pesar de su empeño jamás había conseguido vivir solamente el tiempo presente. Nunca se sintió libre de preocupaciones.
Dicen los que saben de estas cosas que cuando murió, la mujer quiso reencarnarse en un gato. Ella sabía que estos animales solo viven el momento presente. La mujer, sin duda, no había olvidado las palabras del maestro.
Algún tiempo después, las gentes de la aldea, sorprendidas, supieron que alguien se había topado en las calles con un gato cuyo cuello estaba circundado por una correa. Sujeto a ella, alguien había colocado una lámina de cobre en la que se podía leer una inscripción enigmática:
“El velo que oculta la Luz:
¡Palabras!
El camino va más allá del lenguaje,
ya que en él no hay
ayer
ni mañana
ni hoy.”
Todos sabían que en los últimos años de su vida la mujer había llevado esa lámina de cobre sobre su pecho, colgando del cuello. Decía, cuando alguien le preguntaba, que no quería que su corazón olvidara esas palabras. Así fue, según dicen, como todos supieron que su espíritu había retornado a la aldea.
Cuentan los maestros que cuando el gato murió se reencarnó en una diosa… Parece que todos la llaman Isis y afirman las gentes que saben de estas cosas que ningún mortal ha conseguido, hasta ahora, “descubrir su velo”.
ACLARACIONES
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Este cuento que hemos titulado “El velo de Isis” es una fabulación en la que conscientemente hemos incurrido en algunos “anacronismos” en los que pretendemos profundizar:
Ante todo, los historiadores sostienen que los egipcios no creían en la reencarnación. Antiqva, sin embargo, sabe que Heródoto afirmó que los egipcios habían sido los primeros hombres que habían creído en estas cosas y que los iniciados griegos, seguidores de Orfeo, no habían hecho sino adoptar sus creencias. Llama la atención, por tanto, que los antiguos griegos pensaran que los egipcios habían sido los primeros hombres que habían creído en la reencarnación y que, sin embargo, los historiadores modernos lo nieguen.
En este contexto de creencias, Antiqva siempre ha tenido la sospecha de que es posible que los egipcios con sus ritos de momificación de los cadáveres quizás lo que pretendían era que el Ba (espíritu) de los difuntos quedase vinculado al cuerpo del fallecido durante toda la eternidad. Existiendo ese vínculo potente entre el espíritu y el cuerpo es posible que el espíritu no pudiera reencarnarse en otro cuerpo distinto, de modo que quedara libre para “volar al Cielo”. Los “Textos de las Pirámides” ya lo sugieren cuando indican que “el cuerpo es para la tierra y el Ba es para el Cielo”, entendiendo el Cielo como el Reino de la Luz de Ra. Si eran conscientes de que el cuerpo “era para la tierra” ¿porqué se tomaban tanto interés en conservarlo momificado?
Por otro lado, el trasfondo de este cuento estaría, sin duda, vinculado estrechamente con las creencias propias del Budismo. De hecho, el poema que hemos intercalado en el texto se debe a la pluma del maestro Bodhidharma que nos dejó escrito lo siguiente:
Ante todo, los historiadores sostienen que los egipcios no creían en la reencarnación. Antiqva, sin embargo, sabe que Heródoto afirmó que los egipcios habían sido los primeros hombres que habían creído en estas cosas y que los iniciados griegos, seguidores de Orfeo, no habían hecho sino adoptar sus creencias. Llama la atención, por tanto, que los antiguos griegos pensaran que los egipcios habían sido los primeros hombres que habían creído en la reencarnación y que, sin embargo, los historiadores modernos lo nieguen.
En este contexto de creencias, Antiqva siempre ha tenido la sospecha de que es posible que los egipcios con sus ritos de momificación de los cadáveres quizás lo que pretendían era que el Ba (espíritu) de los difuntos quedase vinculado al cuerpo del fallecido durante toda la eternidad. Existiendo ese vínculo potente entre el espíritu y el cuerpo es posible que el espíritu no pudiera reencarnarse en otro cuerpo distinto, de modo que quedara libre para “volar al Cielo”. Los “Textos de las Pirámides” ya lo sugieren cuando indican que “el cuerpo es para la tierra y el Ba es para el Cielo”, entendiendo el Cielo como el Reino de la Luz de Ra. Si eran conscientes de que el cuerpo “era para la tierra” ¿porqué se tomaban tanto interés en conservarlo momificado?
Por otro lado, el trasfondo de este cuento estaría, sin duda, vinculado estrechamente con las creencias propias del Budismo. De hecho, el poema que hemos intercalado en el texto se debe a la pluma del maestro Bodhidharma que nos dejó escrito lo siguiente:
“El Zen consiste en no pensar en nada.
Una vez lo comprendes, estar de pie, sentarse o estar tumbado,
todo lo que haces es Zen.
Comprender que la mente está vacía es ver a Buda.”
Lo que ocurre es que realmente no sabemos en que consistían las creencias mistéricas egipcias, si bien Antiqva siempre ha pensado que en el fondo posiblemente fueran similares a las de otras antiguas culturas que también se han interesado por estas mismas cuestiones.
A fin de cuentas, estas son las posibilidades que uno puede manejar cuando escribe una fabulación y no un texto puramente histórico… En el caso de los cuentos, el escritor se puede atribuir ciertas licencias, aunque Antiqva, que intenta ser honesto, desea dejar constancia de ellas.
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